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La Ley Es Incapaz de Salvar al Hombre

10 octubre 2016

ESJ-015 2016 1010-001

La Ley Es Incapaz de Salvar al Hombre

Por Alva J. McClain

1. No hay imperfección en la ley. Dice Salmo 19:7, "La ley de Jehová es perfecta". Y no hay duda en cuanto a la identidad de esta "ley". Es la muy conocida ley del Antiguo Testamento, la ley de Moisés. Llegando al Nuevo Testamento leemos que, "la ley es buena" (1Ti 1:8), y otra vez, "la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno" (Ro 7:12). Aquí, debemos notar una verdad sobresaliente. El aprecio más alto de la ley fue escrito por el apóstol Pablo, quien, a la vez aseguró que ella en ninguna manera pudo dar vida y salvación a los pecadores. La debilidad no estaba en la ley.

2. La debilidad fatal estaba en el hombre. Después de declarar que la ley es santa, buena y aun "espiritual", el apóstol muestra en Romanos por qué no puede salvar al hombre. "Yo soy carnal", dice, "vendido al pecado" (Ro 7:14). La debilidad está en uno mismo, no en la ley. Si la ley aparece débil porque no pudo salvar, la explicación es que "era débil por la carne" (Ro 8:3). Por eso el Hijo de Dios tuvo que venir a hacer "lo que era imposible para la ley" (Ro 8:3). El escritor a los Hebreos sugiere que el primer "pacto" (de la ley) tenía fallas. Pero, para no mal interpretarlo, él agrega que el "fallo" fue con "ellos", esto es, con la gente (He 8:7-8). Es necesario entender que toda la dificultad está en el ser humano, no en la ley de Dios.

3. No se pueden relajar las demandas de la ley para acomodarlas a la debilidad del hombre. Esta idea curiosa es la que algunos tienen. Para ellos, la gracia es la tolerancia de Dios en bajar las demandas absolutas de la ley hasta el punto donde el pecador puede guardarlas. Tal concepto erróneo trae deshonra sobre la ley y sobre la gracia misma. Si ese hubiera sido posible, no hubiera sido necesaria la cruz. Pablo declara "si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley" (Gá. 3:21b). En Romanos esto es muy evidente: "porque no hay acepción de personas para con Dios. Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados" (Ro 2:11-12). La expresión "sin la ley" quiere decir, sin una ley escrita como tuvieron los judíos.

Pero el apóstol enseña que aunque los gentiles no tuvieron la ley escrita, sí tuvieron la ley "divina" – la ley "escrita en sus corazones" (Ro 2:14-15). Y en el día del juicio, tanto gentiles como judíos tendrán que dar cuenta y serán responsables a la ley que tuvieron, ya sea escrita en un libro o en el corazón y en la conciencia. No hay acepción de personas para con Dios. La ley es inquebrantable y está firme como expresión de la santa naturaleza inmutable de Dios. No puede ser, y jamás será ajustada a la debilidad moral de los pecadores. "Justicia y juicio son el cimiento de tu trono" leemos en Salmo 89:14.

El trono del Dios eterno descansa sobre la infalibilidad de su propia ley, la cual es la expresión de su naturaleza divina. No se puede uno corromper esa ley, ni aún Dios mismo puede hacerlo por interés en el hombre que la ha quebrantado. Si la salvación del pecador depende de esto, como algunos suponen, no puede haber salvación para ninguno.

4. Por consiguiente, fue necesario que Dios hiciera un plan para la salvación de la humanidad sin relajar su ley. Esto nos lleva a la mera esencia del evangelio, el cual son las buenas nuevas de Dios. Sin relajar la ley, el Hijo de Dios encarnado, pagó en el Calvario todas las obligaciones de la ley quebrantada y pagó hasta lo sumo. No hubo una rebaja de la deuda por medio de pagar bajo la mesa y así escapar de las demandas justas. Fue cancelada la deuda – Jesús lo pagó todo. "Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición" (Gá. 3:13). "Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros" (Is 53:6).

La muerte de Cristo logró más que la salvación del pecador; declaró la justicia de Dios mientras estuvo en el mero hecho de salvar al pecador, para que Dios "sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús" (Ro 3:26). Cuidadosamente lea Romanos 3:23-26. Ni aun el Dios infinito, el Soberano absoluto como lo es él, podía jugar y ser inconstante con su propia ley. Por esto, la ley está firme en toda su santidad absoluta y en la exactitud de sus demandas. Pero Dios, por medio de Cristo, cumplió las demandas en lugar nuestro. Dejemos el asunto donde Dios lo ha dejado. Solamente en esta manera "confirmamos la ley" (Ro 3:31).

Fue Isaías, aquel profeta que vio más claramente, tal vez, la obra que Dios haría en el Calvario, quien escribió, "Jehová se complació por amor de su justicia en magnificar la ley y engrandecerla" (Is 42:21). Nunca entenderemos el alcance de la gloria de la cruz hasta que contemplemos allí no sólo el amor de Dios hacia los pecadores, sino también su justicia y santidad en mantener la inexorable regla fija de su propia ley, mientras, proveía la salvación para los pecadores quienes eran culpables de quebrantarla. Esto es la gloria de la gracia de Dios.

En Romanos 8:3, el apóstol habla de "lo que era imposible para la ley". Las dos palabras "era imposible" son de una palabra en el griego que literalmente significa "sin poder". La ley de Dios no puede hacer nada para salvar al pecador. No puede salvarnos de la culpa del pecado.

No puede guardarnos del dominio del pecado. No puede proveer un motivo suficiente para que obedezcamos la ley. No puede suplir el poder necesario para ayudarnos a guardar sus requisitos. No puede rescatarnos cuando quebrantamos la ley. ¡Qué Dios abra nuestros ojos para que entendamos que nuestra "socorro viene de Jehová"! (Sal 121:2). Nuestra única esperanza está en él.

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