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Hermanos y Hermanas en Cristo:

15 enero 2016

ESJ-109

Hermanos y Hermanas en Cristo:

Por Mike Riccardi

“Así que, hermanos míos amados y deseados, gozo y corona mía, estad así firmes en el Señor, amados.” – Filipenses 4: 1 –

Antes de que Pablo llegue al punto culminante de su exhortación a permanecer firmes en nuestra lucha contra el pecado, él expresa esa exhortación en una inundación del lenguaje mas cordialmente afectuoso y ternura entrañable encontrado en alguna de sus cartas. Y la primera expresión de ternura que Pablo usa para designar a su relación con los Filipenses es hermanos.. Fundamentalmente, los cristianos se relacionan entre sí como hermanos y hermanas. En el nivel más básico de nuestras relaciones con los demás, estamos marcados por un enlace único y familiar.

Esta designación domina el pensamiento de Pablo a través de sus cartas, especialmente en esta carta a los Filipenses. Él se dirige a ellos como hermanos otras seis veces (1:12; 3: 1, 13, 17; 4: 8, 21). Aunque es bien utilizado, es todo menos simplemente algún tipo de relleno de palabras para el apóstol Pablo. A veces tengo la impresión de que hemos empezado a tratar el término "hermano" o "hermana" como una especie de palabra desechable, desprovista de todo su significado. “Hey hermano." "¿Qué pasa, hermano?" Pero no era así para Pablo. El utilizó el término a propósito, sabiendo que iba a generar la ternura y el afecto en sus lectores recordándoles de su unión espiritual en pertenecer a la familia de Dios. Sobre la base de la obra expiatoria de Cristo en favor de Su pueblo, todos los que están unidos al Hijo por la fe han sido adoptados en la familia de nuestro Padre Celestial (cf. Gal 3:26; 4:5 ).

Y ¡que maravillosa imagen de la comunión que los creyentes en Jesús tienen entre sí: ser hermanos y hermanas de la misma familia! Nuestra relación entre sí no se basa en intereses comunes o aficiones comunes. No sólo somos un club social o una organización política unidas por elementos comunes superficiales. Estamos unidos objetivamente entre sí, en virtud de la obra la elección del Padre (Ef 1:5), la obra redentora del Hijo (Gálatas 4: 5), y la obra regeneradora del Espíritu (Rom 8:15 ) . Somos una familia. Y una familia no es simplemente un grupo de personas con algunos intereses compartidos y una apreciación subjetiva por los demás. No, hermanos y hermanas están unidos por algo mucho más profundo que eso: por la unión objetiva que existe como resultado del amor compartido por sus padres. Y esa realidad objetiva que nos une significa que siempre vamos a estar allí uno para el otro. Tengo dos hermanos menores, y hemos tenido nuestra parte en tensiones y argumentos (y peleas). Pero no importa lo que sucede en nuestras vidas, nunca vamos a dejar de ser hermanos. Ese vínculo objetivo es irrompible.

Y lo mismo ocurre dentro de la familia de Dios. Puede haber tensiones y desacuerdos que existen entre nosotros y nuestros hermanos y hermanas en Cristo. Pero como nada nos puede separar de la unión de amor que compartimos con Cristo de forma individual, y tampoco nada nos separará de la unión que compartimos con otros, corporativamente. Y así cualquier desunión subjetiva que exista entre nosotros, podemos luchar por la unidad y la reconciliación, y la unidad entre sí, apoyándose en el sólido fundamento de nuestra unidad objetiva como hijos de Dios.

Una de las mayores bendiciones durante mi tiempo en el seminario fue cuando hubo un conflicto potencial en mi vida. En realidad, yo no recuerdo mucho de todo lo que era esa amenaza particular, pero sí recuerdo hablarle al respecto a un estudiante de seminario compañero de entonces . Habíamos llegado a conocernos uno al otro a través del seminario y porque vivimos en el mismo complejo de apartamentos. Mientras hablaba con él sobre cualquier cosa que me estaba molestando, me aseguró que si necesitaba su ayuda en todo lo que podía vendría corriendo, de día o de noche. Y entonces él me miró y dijo: "Usted tiene familia." Eso realmente me llamó la atención. Y realmente se me quedó grabada. Tal vez fue especialmente porque mi esposa y yo no teníamos a nadie de sangre familiar aquí en la costa oeste en el momento. Pero el sentido de pertenencia, y seguridad, y fuerza en números era tan reconfortante y tranquilizador para mí que alabé a Dios por darle un vínculo familiar tan amoroso a Sus hijos.

Estimado lector, ese tipo de vínculo fraternal y hermandad debe marcar nuestra relación unos a los otros en el cuerpo de Cristo. Tenemos que ser capaces de mirarnos el uno al otro a los ojos, desde el más oscuro de las pruebas para el más pequeño de los conflictos –y tranquilizar a los otros que, “Usted tiene familia,” que “Usted pertenece conmigo, y estoy a su disposición siempre que me necesite.”

Y no importa la diversidad de circunstancias y antecedentes a las que vengamos. No hay lugar en la familia de Dios por una actitud que exalta las distinciones naturales, superficiales sobre y contra la unidad sobrenatural y espiritual que pertenece a cada hermano y hermana en Cristo. Como, “Oh, yo prefiero no pasar el rato con ellos porque no entienden mi herencia cultural.” O “…porque son mucho más jóvenes o más mayores que yo. …. porque no tienen niños pequeños y estoy en la etapa de la vida donde necesito de personas que están compartiendo mis experiencias.” ¡El Evangelio triunfa sobre todo eso!

Recuerde de dónde provenía Pablo. ¡Él fue circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín! Un hebreo de hebreos y un fariseo de fariseos (Filipenses 3: 5-6)! Mientras Pablo escribió estas palabras, él podía recordar un momento muy claramente cuando la único manera en que habría llamado a los filipenses paganos era perros no circuncidados. Incluso habría menospreciado a los prosélitos judíos – e incluso compañeros israelitas que no pertenecían a la secta más estricta de los fariseos. Pero debido a la maravillosa labor realizada por el Señor Jesucristo en la cruz a causa de la obra soberana de Dios en arrebatar a Pablo de la ceguera de su judaísmo y arrebatar a los filipenses de la dureza de su paganismo –y abriendo la totalidad de sus ojos a la fealdad de sus pecados y la gloria indecible de Jesús, otorgándoles una fe común en este crucificado y resucitado Señor – ellos ahora son hermanos; ahora son hermanos y hermanas en Cristo.

Y por tanto no importa que distinciones pudieran existir entre usted –ya sea orígenes étnicos y culturales, niveles de educación, edad y circunstancias de la vida, intereses y aficiones comunes, e incluso grados de madurez espiritual –la realidad de nuestra adopción común en la familia de Dios nos pone a todos en un nivel. Las cosas que ahora tenemos en común con los demás al compartir en Cristo son muy superiores a las diferencias entre nosotros.

Somos pecadores, nacidos bajo la justa ira y condenación de Dios. Somos indignos receptores de la gracia, y el amor electivo del Padre. Somos rebeldes por quienes el Hijo de Dios sin pecado ha ido a la cruz y resucitó de entre los muertos, a fin de pagar por nuestros pecados y proveer nuestra justicia. Somos enemigos hostiles vencidos por la obra eficaz e irresistible del Espíritu para conceder vida y fe en nuestros corazones. Y habiendo sido justificados por la fe que nos fue dada como un don gratuito, hemos sido adoptados en la familia de Dios. Y esas realidades compartidas son muy superiores a las diferencias mundanas que existen entre nosotros. “No hay ni Judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.”

Quiera Dios que nos aferremos a las implicaciones de lo que significa ser hermanos y hermanas en Cristo.

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