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Intervención Divina

8 junio 2015

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Efesios 2: 1-10

Por Jeremiah Johnson

¿Qué es lo que separa al cristianismo de todas las otras religiones? ¿Qué diferencia la verdad de todas las mentiras?

Aunque la mayoría de las religiones difieren en gran medida en las minucias, hay un tema constante que corre por todos ellos: los logros humanos. Tanto si eres un católico, musulmán, mormón, o hindú, existe un código de conducta que se ata a la vida eterna. Incluso en las religiones, donde no está garantizada la salvación, la única forma posible de lograrlo es a través de un esfuerzo diligente.

La verdad de la Escritura está en contraste agudo. Como hemos ya discutido , nuestra naturaleza pecaminosa heredada nos ha dejado impotentemente pecaminosos y totalmente depravados. Y mientras que las religiones artificiales niegan nuestra miseria inherente, el testimonio de la Palabra de Dios es claro – el hombre, abandonado a sí mismo, está completamente sin esperanza.

En su libro Esclavos , John MacArthur describe la futilidad espiritual del hombre no redimido.

Una de las características dominantes de la caída humana universal es el engaño del pecador acerca de su verdadera condición. Motivada por el orgullo, la mente depravada piensa de sí misma mucho mejor de lo que realmente es. Sin embargo, la Palabra de Dios corta ese engaño como una espada afilada, diagnosticando al hombre pecador como enfermo incurable, rebelde por naturaleza e incapaz de cualquier bien espiritual

Como esclavos del pecado, todos los incrédulos son hostiles a Dios e incapaces de agradarlo en cualquier sentido. Su incapacidad se acentúa por el hecho de que no solo están atados al pecado; sino que también están cegados por el pecado y muertos en él. Ellos «teniendo el entendimiento entenebrecido» (Efesios 4.18) no pueden comprender la verdad espiritual porque «el dios de este siglo [Satanás] cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios» (2 Corintios 4.4).14 Adicionalmente, los incrédulos están «muertos en [sus] delitos y pecados» (Efesios 2.1), «muertos en [sus] pecados» (Colosenses 2.13), «viviendo [están muertos]» (1 Timoteo 5.6). Así como un hombre ciego no puede darse vista a sí mismo ni un muerto resucitarse, el pecador está totalmente incapacitado para impartirse a sí mismo tanto conocimiento espiritual como vida eterna. Así como Lázaro yacía inmóvil en la tumba, el alma no redimida permanece sin vida hasta que la voz de Dios le ordena: «¡Sal fuera!» [1] John MacArthur, Esclavo (Nashville: Thomas Nelson, 2010), pp. 122-123.

La buena noticia del Evangelio es que no somos abandonados a la putrefacción y descomposición en la ruina de nuestro pecado. Dios, a través del sacrificio de gracia de su Hijo, interviene por nosotros, rescatándonos y reviviéndonos de nuestra muerte espiritual. Efesios 2:1-10 describe vívidamente la intervención de Dios en nuestro nombre:

Y El os dio vida a vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia habéis sido salvados), y con El nos resucitó, y con El nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús, a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de su gracia por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. 8 Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas. (énfasis nuestro)

Sermones enteros se han dedicado a desempacar las ricas verdades espirituales ligados en la frase "Pero Dios" (v. 4). En la verdad de esas dos palabras depende la eternidad de cada hombre y mujer redimida a través del sacrificio de Cristo. A pesar de la maldad impenitente del hombre, Dios creó un camino a la salvación y bendición.

Y en el designio de Dios, los medios de la salvación no son una garantía para nosotros. Como explica John, nuestra salvación es totalmente una obra del Señor.

En la salvación, el Dios trino actúa soberanamente en aquellos que quiere rescatar, impartiendo vida a los corazones muertos y visión a las mentes ensombrecidas. La salvación entonces «no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia» (Romanos 9.16). Así como no elegimos nacer en el sentido físico, tampoco elegimos nacer de arriba (Juan 3.3–8). Usted y yo creímos en el evangelio, no porque fuimos más sabios o justos que cualquier otro sino porque Dios intervino con gracia, abriendo nuestros corazones para prestar atención a su palabra y creer. No hay lugar para el orgullo de nuestra parte, solo gratitud; el trabajo solo de Dios en la redención de los pecadores significa que Él recibe toda la alabanza. [2] Esclavo, pp. 123, 134.

En el sacrificio de gracia de Su Hijo, Dios mira hacia abajo sobre una raza de Lázaros corriendo al infierno, y no sólo nos invita a "venir", sino misericordiosamente Dios proporciona los medios de nuestro renacimiento y redención.


Disponible en línea en: http://gty.org/resources/Blog/B150608
COPYRIGHT © 2015 Gracia a Vosotros

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