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Santificación: La Obra del Espíritu Santo y La Escritura

8 abril 2011
image SANTIFICACIÓN: LA OBRA DE EL ESPÍRITU SANTO Y LA ESCRITURA
William D. Barrick
Profesor de Antiguo Testamento
Traducido por Raúl Lavinz
Reimpreso con permiso del Master’s Seminary Journal

La Santificación es inseparable de la regeneración; donde está una, la otra debe también existir. La Santificación es el proceso de convertir en santo, bien sea en el Antiguo o en el Nuevo Testamento. La santidad de Dios es completa, no se la puede comparar a ninguna otra, y es incompatible con el pecado. La santidad del hombre es progresiva ya que busca corresponder a la santidad de Dios al dedicarle absolutamente todo a El. En ambos Testamentos se multiplican las referencias a la santidad de Dios como el fundamento para la santidad humana. El creyente va avanzando en su propia santificación a través del ministerio del Espíritu Santo y prestándole atención a la Escritura. Sin embargo los humanos también tienen un papel en la santificación. Ellos deben vivir de acuerdo a lo que poseen por la gracia de Dios.

Introducción

Santiago hace un llamado a los creyentes para que estén alertas en cuanto a lo dañino de ser espiritualmente adúlteros o amigos del mundo (Sant. 4:4). En lugar de ello, el creyente deberá buscar ser amigo de Cristo—debe someterse a Dios, acercarse a Dios, limpiar sus manos y purificar su corazón (vv. 7-8). Como hijos de Dios los cristianos habrán de demostrar en su comportamiento una semejanza a Cristo—un comportamiento que evite enredos con el mundo. En su “Prólogo” a la Conferencia de Pastores de 2002, edición reimpresa del libro clásico de J.C. Ryle, Santidad Su Naturaleza, Obstáculos, Dificultades y Raíces, John MacArthur escribe,

Ha pasado más de un siglo desde que fue publicado por primera vez el libro de Riley Santidad, y el día de hoy el libro es más  oportuno que nunca. Todas las nociones erróneas que confrontó Ryle todavía florecen entre los evangélicos. Las nociones erróneas acerca de la santificación aún están frustrando a creyentes que andan en busca de una genuina santidad práctica. Esa es la razón por la cual esta espléndida obra del siglo diecinueve es todavía un antídoto adecuado para mucho de lo que aqueja al evangelicalismo dominante al comienzo del siglo veintiuno.

Ryle resumió el tema de la santificación declarando que “El que ha nacido de nuevo y ha sido hecho una nueva criatura recibe una nueva naturaleza y un nuevo principio, y siempre vive una nueva vida… En una palabra, donde no hay santificación no hay regeneración, y donde no hay una vida santa no ha habido nuevo nacimiento”. La santificación posicional envuelve lo que es inicial, interno y permanente en la salvación. La santificación posicional (o, inicial) demanda una santificación progresiva— la demostración de una santidad externa y progresiva en la vida de aquel que es santo. En la regeneración (el nuevo nacimiento), tanto la simiente incorruptible de la Palabra de Dios (1 Pedro 1:23) como el Espíritu Santo (Juan 3:5-8; Tito 3:5) tienen su parte. En consecuencia, los mismos dos agentes envueltos en la santificación inicial provocan la santificación progresiva del creyente.

Definiendo la Santificación

Lingüística, conceptual y teológicamente, la palabra santidad está compuesta por la raíz de santificación. Por definición, santificación se refiere al proceso de hacer santo. Siendo así, una correcta comprensión de santificación debe comenzar con el significado de santo (en hebreo:  qades; en griego,  hagios). Potencialmente, dos palabras griegas diferentes transmiten el concepto de santidad. En los antiguos juegos griegos, cuando los jueces hallaban imposible determinar al vencedor [victor], los funcionarios que presidían asignaban el premio a uno de los dioses convirtiendo de este modo ese premio en “santo” (hieros), en otras palabras, apartado para una deidad, ya que nadie, sino un dios, podría determinar quién había ganado. Por consiguiente, hieros podía referirse a un “empate”—una igualdad sin definición. En el Nuevo Testamento (NT), la misma raíz griega ocurre en palabras como “sacerdote” (hiereus; Mat. 12:4) y templo (hieron; Mat. 4:5). Pablo emplea una forma del adjetivo en 1 Cor. 9:13 para hablar del “servicio sagrado”, y en 2 Tim. 3:15 para identificar los “escritos” (Escritura) como “sagrados”. Los escritores de la Sagrada Escritura no usan hieros como el término griego más común para santidad, sin embargo el término está disponible para ellos.

Hagios ocurre con mucha más frecuencia (más de 25 veces en el NT). Ella forma la raíz principal de “santidad” ( hagiosune; 2 Cor. 7:1), “santificación” (hagiasmos; 1 Tes. 4:3-7), y “hacer santo” o “santificar” (hagiazo; Juan 17:17). “Santo” es la traducción de hagios cuando es usado como un título para el creyente cristiano.

En primer lugar, santidad se refiere a aquello que es totalmente otro, aquello que uno dedica por completo sólo a Dios. Las Escrituras identifican la santidad como un atributo fundamental del carácter de Dios. De acuerdo a James Montgomery Boice, “La Biblia misma…llama a Dios santo más que cualquier otra cosa. Santo, es el epíteto que con más frecuencia se coloca a su nombre” (ver Mat. 6:9 y Apoc. 15:4). En efecto, el título “el Santo” (Job 6:10, qados) parece ser uno de los nombres más antiguos de Dios. Presentándose con mucha frecuencia en el título “el Santo de Israel”, este nombre está compuesto por el título divino clave en el libro de Isaías (1:4; 5:19, 24; 10:20; etc. –un total de 30 veces). La Santidad coloca a Dios aparte de Su creación; lo distingue de todas las cosas. Por lo tanto, la Santidad de Dios involucra que se le proclame a El como el “Completamente Otro”. Dicho de otra manera, como lo expresa D.A. Carson “no reverenciar a Dios como santo es no reverenciar a Dios como Dios.

En segundo lugar, la santidad identifica la absoluta perfección moral de Dios. El es sin pecado. En pocas palabras, los dos aspectos de la santidad de Dios lo identifican a El tanto como incomparable a otros, así como incompatible con el pecado. 1 Como lo explica William Shedd, la santidad de Dios no puede ser definida en la misma forma en que lo es la santidad del hombre. La santidad de los cristianos, como creyentes que han sido santificados y prosiguen a crecer en santidad, está relacionada con el ser conformados a las normas morales propias de Dios o, como lo expresa Shedd, a la “ley moral”. “En consecuencia, la santidad, en Dios, debe ser definida como la conformidad a su propia naturaleza perfecta…El es justo por naturaleza y necesidad”. Su carácter sacro consiste de la más pura y más elevada forma de santidad.

Demostración Bíblica de la Santidad de Dios

Una persona tendrá dificultad en comprender lo que su propia santidad debiera involucrar, hasta que entienda lo que la santidad de Dios envuelve. El Antiguo Testamento representa a Dios como único y absolutamente incomparable—El solo es Dios, el que es Exaltado, el Altísimo, el Creador, el Rey y el Redentor (Isa. 40:12-28; 41:1-29; 43:1-13; 44:6-8; 45:1-7; 45:18-46:13). Los pasajes del Siervo en Isaías se concentran en la identificación de Dios como Dios solo, único, el sólo Uno, soberano, Señor y Amo de la creación, de la historia, de la redención y del juicio. Estos pasajes en Isaías proporcionan consuelo para la gente al concentrarse en esta descripción de Dios. Sólo en esa clase de Dios puede residir la esperanza. Ya que El tiene el perfecto control sobre todas las cosas, Su pueblo puede depender en El para tener paz, descanso, consuelo y perdón.

Siendo completamente justo y santo, Dios ama la justicia (Sal. 11:7; ver el v. 6) pero aborrece el pecado (Amós 5:21-23). El pecado es una abominación para Dios. Es lo que El detesta. El pecado es violento, desobediente, inmoral, grosero, ordinario e inmundo. El pecado produce culpa y separa de Dios. Por consiguiente, El juzga al pecado y a los pecadores en Su ira (Isa. 5:16; Ezeq. 28:22—ejecutar el juicio significa manifestar la santidad; Apoc. 6:10). La ira divina exhibe la santidad divina; por medio de ella Dios muestra que El es santo (Núm. 20:13—el juzgar es una prueba de que es santo; 1 Sam. 6:20). Sólo alguien que sea sin pecado tiene el derecho, la autoridad o capacidad para juzgar al pecado. El juicio divino tiene su origen en la total alteridad de Dios y Su total singularidad y control. Cuando Dios le habló a Job desde el torbellino le preguntó si había estado presente cuando el Señor creó la tierra y todas las cosas que hay en ella (Job 38:4). Luego, Dios le pregunta a Job si alguna vez le había dado órdenes al alba (v. 12), atado las cadenas de las Pléyades (v. 31), hecho aparecer las constelaciones a su tiempo (v. 32), o fijado las ordenanzas de las constelaciones sobre la tierra (v. 33). Dios confrontó a Job por haber hablado como si el debiera ser justificado mientras que Dios debiera ser condenado (40:8). Llegando al final de Su revelación a Job Dios sugiere que Job se vista de majestad (40:10), derrame su ira sobre el soberbio (v. 11) y pisotee a los malvados (v. 12). Sólo el Creador puede juzgar a los malvados. A menos que Job hubiera creado y tuviera control sobre la creación, no puede juzgar al arrogante y malvado. Job se puede salvar a sí mismo sólo si puede, tanto crear como juzgar, así como Dios lo ha hecho y hará (v. 14). Ana confesó tales cosas acerca de Dios en su oración: “No hay santo como el SEÑOR; en verdad, no hay otro fuera de ti” (1 Sam. 2:2). Sólo el Creador puede juzgar; sólo el Juez puede redimir.

Una adecuada perspectiva sobre la santificación de los santos debe incluir una comprensión precisa de la santidad de Dios. Su santidad es el fundamento de la santidad de los creyentes, tal como la advertencia de Pedro nos lo recuerda “sino que así como aquel que os llamó es santo, así también sed vosotros santos en toda vuestra manera de vivir” (1 Pedro 1:15). MacArthur coincide en que: “Si nosotros no entendemos la santidad de Dios, no entenderemos nuestra propia pecaminosidad”.

Una vez que el estudiante de la Escritura ha identificado el concepto de santidad podrá desarrollar el significado de la santificación mediante la aplicación del concepto bíblico de santidad a la santificación. MacArthur establece la conexión declarando que: “Santificación no significa perfección. Significa separación. Nos habla de ser apartado del pecado y puesto aparte para Dios”. Siendo así, John Walvoord escribe que “las tres ideas principales de consagración, separación y purificación se combinan en la idea central de la santidad”.

Asegurando la Santificación

¿Por cuáles medios avanza en santificación el creyente en esta vida? ¿Cómo es que llega a ser más apartado para Dios y separado del pecado?. La escritura habla de vivir una vida de santidad como de una obligación y no de una opción.

Confirmación del Sinergismo en la Santificación

Tres agentes operan juntos (i.e., sinergia) para santificar al creyente: el Espíritu, las Escrituras y el santo. El santo no puede alcanzar la santificación sin el Espíritu y las Escrituras. Esos dos agentes son primordiales en el proceso de hacer al creyente más y más santo.

El papel del Espíritu. Las tres personas de la deidad actúan como agentes de la santificación: (1) El Padre provee la santificación final (1 Tes. 5:23), (2) el Hijo se involucra a sí mismo en la santificación inicial/posicional (Efe. 5:26), y (3) el Espíritu provee la santificación inicial/posicional (2 Tes. 2:13). Para examinar la santificación progresiva (exterior) uno necesita recordar la continuidad de la santificación entre los dos testamentos.

En el AT Dios revela que el Espíritu Santo provee la solución para la impureza proveniente del espíritu humano pecaminoso (Sal. 51:10-12; ver Isa. 32:15-17). La confesión, por parte de David, de su pecado involucra una súplica porque el Espíritu de Dios pueda ayudarle en su [necesidad de] perdón, restauración y santificación. Sin el Espíritu de Dios David no puede experimentar la purificación o santificación. El NT simplemente expresa el rol del Espíritu Santo con mayor claridad y  especificidad; en el mismo no se revela un nuevo, o diferente, agente para la santificación. Como sucede con muchas doctrinas, el NT hace una expansión sobre lo que Dios ya ha revelado en el AT y clarifica la relación de esas doctrinas con la obra redentora completada de Jesús, el Mesías. Dios no cambia los medios de santificación en el NT. En lugar de ello, El aumenta la visibilidad del rol del Espíritu Santo y explica qué necesita el involucramiento del Espíritu. El Señor explica el fundamento de la santificación en la obra de Cristo, [lo] que le permite a uno vivir una nueva vida.

Por razón de la frecuencia con que es mencionado en el NT, el Espíritu Santo aparece actuando como el agente divino primordial para la santificación progresiva. En palabras de Millard Erickson, la santificación progresiva significa “la transformación continuada del carácter moral y espiritual de manera que la vida del creyente llegue a reflejar en realidad la posición que él, o ella, ya tiene a la vista de Dios”. La participación del Espíritu Santo en la santificación se encuentra en Romanos 8:1-16, aunque ni hagiazein ni hagiasmos; (ver 6:19,22) aparecen en estos versículos. 2 Pasajes relacionados incluyen 1 Cor. 6:11; 1 Tes. 4:7-8; 2 Tes. 2:13; y 1 Ped.1:2. La santificación es una obra sobrenatural del Espíritu Santo por medio de la cual El produce en el creyente “una positiva semejanza a Cristo”.

De acuerdo a Romanos 15:16 el Espíritu Santo santifica el ministerio Paulino [de predicación] del evangelio a los gentiles. Así, la santificación envuelve más que simplemente el proceso de hacer santo al creyente— también incluye la atribución [del carácter]  de santidad al servicio y ministerio del creyente. En otras palabras, el servicio del creyente para Dios depende, para su aceptación, del ministerio santificador del Espíritu Santo. Cranfield visualiza este texto como una referencia a una ofrenda hecha por Cristo, con la asistencia de Pablo, y que el don del Espíritu Santo santificó a los Cristianos gentiles. El también observa que

El verbo “hagiazein” ocurre en el corpus paulino sólo aquí y en 1 Cor. 1:2; 6:11; 7:14 (bis); Efe. 5:26; 1 Tes. 5:23; 1 Tim. 4:5; 2 Tim. 2:21. Todas estas ocurrencias están en el modo pasivo excepto aquellas en Efesios y 1 Tesalonicenses. Es Dios quien santifica.

La santificación posicional (ver 1 Cor. 6:11) permite a los cristianos obtener la santificación progresiva. Como lo explica John MacArthur, “Ser santificado es ser hecho santo interiormente y ser capaz, en el poder del Espíritu, de vivir una vida recta exteriormente. Antes que una persona sea salva no tiene una naturaleza santa ni la capacidad para una vida santa”. Este mismo proceso es mencionado en Filipenses 2:12-13. Es Dios quien vigoriza al creyente para que desee y lleve a cabo la voluntad de Dios. Esa obra consiste en “ocuparse” en la salvación de uno (v. 12). Esa obra exterior toma lo que ya ha sido plantado dentro [de uno] y lo hace visible en la forma en que uno vive. 3 En otras palabras, es la salvación que ya ha sido llevada a cabo por Cristo la que debe ser hecha manifiesta en la forma en que el creyente vive—la santificación inicial se exhibe a sí misma, exteriormente, en la santificación progresiva. En otra parte MacArthur también escribe, “Esta es la obra del Espíritu, apartarnos del pecado, consagrarnos, hacernos santos. El nos está conformando a la imagen de Cristo”(ver 2 Cor. 3:18). En efecto, el Fruto del Espíritu (Gál. 5:22-23) consiste de las virtudes inherentes al carácter propio del Salvador. Su amor, Su gozo, Su paz, Su paciencia, Su benignidad, Su bondad, Su fidelidad, Su mansedumbre y Su templanza.

Sin embargo, el Espíritu Santo no es el único agente para la santificación. El Dios Triuno emplea la unión con Cristo (1 Cor. 1:2,30), la Palabra (Juan 17:17; Efe. 5:26), la muerte de Cristo (Gál. 6:14; 1 Juan 1:7) y la elección del creyente (2 Tim. 2:21-22; Heb. 12:14) para llevar a cabo la santificación progresiva.

El papel de la Escritura. La Palabra de Dios actúa como el co-agente de la santificación, tanto inicial como progresivamente. ¿Cuál es el papel exacto de la Palabra de Dios en el proceso de santificación presente y progresiva? Algunas veces el desacuerdo llega en relación a la forma en que es respondida esta pregunta. ¿Posee la Ley Mosaica un papel en la santificación personal?

La tradición Luterana busca evitar la confusión entre ley y evangelio, ya que dicha confusión puede resultar en un aumento de legalismo. Tal como lo señala Moisés Silva,

Aun las normas Luteranas reconocen el, así llamado, “tercer uso de la Ley”, a saber, que aunque los creyentes han sido “liberados de la maldición y represión de la Ley no obstante, ellos no están por esa razón sin ley puesto que el Hijo de Dios los redimió por esa misma razón, de que ellos puedan meditar en la Ley de Dios, día y noche, y ejercitarse continuamente en guardar la misma” (La Fórmula de Concord, 1576, Artículo VI). 4

Aunque  la Ley Mosaica no provee al cristiano la autoridad primordial para vivir una vida piadosa (ver Gál. 3:13; 23-25), Dios le ha asignado un papel a toda la Escritura, incluyendo la Ley Mosaica (2 Tim. 3:15-17; ver Mar. 3:35). 5 Lo provechoso de las Escrituras (2 Tim. 3:16-17) resulta del hecho de que la Palabra de Dios reprende, reprueba, corrige e instruye en justicia. Esas Escrituras consisten principalmente del AT. Por lo tanto, ellas incluyen la Ley. La Ley es provechosa y útil para equipar al hombre (o mujer) de Dios para toda buena obra. Iain Murray concluye en que “la Ley, acabada para nuestra justificación, está lejos de ser acabada en santificación”.

El Salmo 19:7-13 (Hebreos 8-14) presenta la revelación propia del AT en relación al rol de la revelación especial (especialmente la torah del AT) en la santificación del santo. El salmista declara que la revelación especial (escrita) convierte el alma (v. 7a), haciendo así sabio al sencillo (v. 7b; ver 2 Tim. 3:15, “las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden dar la sabiduría que lleva a la salvación”). Esto produce alegría de corazón (v. 8a; ver 1 Tes. 1:6) y alumbra (v. 8b; ver Efe. 1:18). El verso 9a, entonces, describe la Palabra de Yahveh como perdurable—atribuyéndole a la revelación especial una cualidad, más que continuando la identificación de la obra llevada a cabo por la Palabra (vv. 7-8). El verso 9b, de manera inesperada, altera el verbo a un perfecto en contraste con los cinco participios precedentes. La mayoría de las traducciones tratan al verbo como un estativo (“son justos”). La misma raíz verbal hebrea (zdq) ocurre una vez en el modo Nifal (Daniel 8:14) donde tiene el significado de “hecho justo” o “justificado”. 6. Por lo tanto, si el mismo sentido factitivo se lleva a un contexto como el Salmo 19:9 (Hebreos 10), la cláusula final puede ser traducida como “hecho justo por completo”. El siguiente contexto (vv. 10-13) se concentra en cómo la Palabra advierte al siervo de Yahveh (v. 11) de manera que no cometa pecados de ignorancia (v. 12), o de arrogancia (v. 13). En vez de ello, el Siervo puede llegar a ser intachable/íntegro (v. 13)—la misma cualidad atribuida a la instrucción de Yaveh (v. 7). “Hacer justo por completo” cae dentro de la esfera de la santificación progresiva. Shedd opina que “la santidad es un término general que denota aquella cualidad que se halla en Dios por la cual Dios es recto (rectus) en sí mismo y en todas sus acciones”.

El texto más claro ocurre en la oración sumosacerdotal de Cristo en Juan 17:17, “Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad”. De este modo, la Palabra de Dios santifica. Tanto en el AT como en el NT la Palabra de Dios produce santidad. La ley del AT demanda santificación, una vida de santidad. Curiosamente, el texto en el Salmo 19:9, al igual que en Juan 17:17, describe a la Palabra como “verdad” precisamente antes de especificar que ella “hace justo por completo”.

Una función parecida de la Palabra de Dios aparece en la primera epístola de Pablo a Timoteo cuando le escribe en relación a la comida, “porque es santificado mediante la Palabra de Dios y la oración” (1 Tim. 4:5). La Palabra de Dios puede hacer, y de hecho hace, santo a algo o, a alguien.

El Papel del Santo. Silva identifica la cuestión básica que involucra el medio, en la santificación, como un asunto del rol humano en la misma. ¿Qué rol puede tener la gente? Obviamente, ellos no se pueden santificar a sí mismos. Sin el Espíritu Santo y las Escrituras nadie puede ser santo. El Catolicismo romano hace hincapié en el poder limpiador del bautismo y las buenas obras. Mientras tanto, los defensores del Movimiento de la Vida Victoriosa se concentran en la pasividad del creyente en la santificación. Aunque en Filipenses 2:12-13 se declara que Dios obra en el creyente, también indica que Dios empodera al creyente para trabajar en la tarea de manifestar una piedad interior o santidad exterior. De hecho, un verbo en modo imperativo domina toda la oración: katergazesqe (katergazesthe), “ocupaos” (v. 12). La fuerza de este verbo aparece en Romanos 4:15 donde Pablo explica cómo la Ley Mosaica produce (causa) ira. En Romanos 7:8 el apóstol usa el mismo verbo para expresar cómo el pecado resulta en sí mismo en codicia. En los versículos 17 y 20 el pecado que mora en el interior causa sus efectos en la vida del apóstol. Nuevamente, en Romanos 15:18 el Cristo que mora en el interior lleva a cabo la proclamación del evangelio a los gentiles por medio del apóstol Pablo. 7

Silva reconoce que

La santificación requiere disciplina, concentración y esfuerzo, como está claro por las múltiples exhortaciones de las Escrituras, especialmente aquellas donde se refiere a la vida cristiana con figuras tales como una carrera o un combate (1 Cor. 9:24-27; Efe. 6:10-17). Por otra parte, los hombres deben resistir siempre la tentación de suponer que, en efecto, ellos se santifican a sí mismos, que el poder espiritual proviene del interior de ellos y que, por lo tanto, pueden depender en su propia fortaleza. Esta es una tensión difícil, aunque no menos intrigante que la paradoja de la oración (“¿Por qué orar si Dios, quien conoce nuestras necesidades y es omnisciente y soberano de todas maneras siempre hará lo que sea mejor?”). Aun así, tal vez el verdadero “secreto” de la santidad consista precisamente en aprender a mantener ese equilibrio: depender por completo en Dios como el verdadero agente en la santificación aunque uno pueda fielmente liberarse de toda responsabilidad personal.

¿Cómo Puede un Creyente Ser Santo?

En primer lugar, el creyente posee la santificación inicial (1 Cor. 6:11). La santificación inicial provee la base para la participación del creyente en el proceso de la santificación progresiva. Siendo santificado y justificado, el creyente debe vivir de acuerdo a lo que el, o ella, posee por la gracia de Dios. En segundo lugar, la Escritura exhorta al creyente a completar su santidad (2 Cor. 7:1). Esta culminación envuelve más que una simple limpieza o purificación. Charles Hodge interpreta 2 Cor. 7:1 como para  identificar el rol del santo en su propia santificación progresiva. El explica que aunque, con frecuencia, las Escrituras le atribuyen a Dios el rol de la purificación, dichas referencias no excluyen al pueblo de Dios como medios o agencia. En verdad, “Si la agencia de Dios en la santificación no se despierta y dirige la nuestra; si no crea el deseo por santidad y esfuerzos extenuantes por obtenerla, podemos estar seguros de que no somos sus objetos”.

Pablo hace alusión al proceso de santificación en sí, en 2 Corintios 3:18, al hacer referencia  a la transformación que opera el Espíritu Santo en los creyentes, a semejanza de Cristo, desde el momento en que han sido justificados hasta que son glorificados. Tal semejanza a Cristo aparece por niveles “de gloria en gloria”. A diferencia de la santificación inicial, esta no es instantánea. Esta santificación es progresiva—se desarrolla con el paso del tiempo. Bruce Demarest hace esta observación: “En una palabra, la santidad es la semejanza a Cristo, manifestada diariamente en medio de un mundo impío”. Hay textos adicionales del NT que relacionan la santificación progresiva con la semejanza a Cristo, los cuales incluyen pasajes como Rom. 8:29; Gál. 4:19; y Efe. 4:13,15.

El escritor de la epístola a los Hebreos utiliza un imperativo para comunicar una instrucción de santificarse uno mismo—los creyentes deben perseguir la santificación: “Buscad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (12:14). De esta manera, como lo explica MacArthur; “Nosotros no deberíamos atrevernos a visualizar la santificación como algo opcional”. Observe el tipo de santidad acerca de la cual escribe el autor de Hebreos, “sin la cual nadie verá al Señor”. Muy comúnmente, los creyentes persiguen un despliegue público de santidad que dice más acerca de lo que ellos piensan de sí mismos en vez de cómo visualizan a Dios. Ejercicios devocionales ostentosos pueden incluir la oración pública y ofrendar, simplemente con el propósito de ganar la aprobación de los hombres en vez de proveer una evidencia de santidad.

Tal como lo  expresa Iain Murray, “El hombre regenerado ama a Dios, ama la santidad, ama la Biblia, ama la piedad, porque su naturaleza es ser así”. Sin embargo, esa búsqueda envuelve más que sólo amar, o desear la santidad, o intentar mostrar exteriormente lo que uno ya tiene interiormente a través de la justificación y la santificación inicial. El creyente debe verter su energía, sus esfuerzos, su mente y su ser en procura de ser santo. El agente humano nunca puede llevar a cabo la auto-santificación ya que sólo el poder divino puede santificar. En resumen,

  • El Espíritu de Dios nos hace santos (santificados) en la medida que contemplamos (fijar nuestra atención en) la santidad de Dios en Jesucristo.
  • Cuando fijamos nuestra atención en la santidad de nuestro Salvador, llegamos a ser como El—empezamos a deleitarnos en imitar Su ejemplo santo (ver 1 Tes. 4:1-3).
  • Nuestra santificación es gradual y va en aumento en ésta vida.
  • La santidad total llega a ser nuestro carácter solo cuando al fin vemos a Jesús (1 Juan 3:2)

¿Cómo deberían los creyentes manifestar el aspecto incomparable de la santidad? Los cristianos, irrevocablemente, le pertenecen a Dios. Ellos son Su pueblo. Por lo tanto, deberían vivir en una manera que demuestre una diferencia con las vidas de los no creyentes. El AT y la ley levítica transmite dicha enseñanza. El pueblo que ha entrado en pacto con Dios se debe comportar en una forma diferente a los no creyentes. Dicho comportamiento envuelve todas las áreas de la vida, ya sea en el baño o en la mesa del comedor. Los creyentes del Antiguo Testamento deben comer en forma diferente, vestirse en forma diferente, hablar en forma diferente, pensar en forma diferente y vivir diferentemente en todas las áreas de la vida. Sin embargo, el Israel rebelde insistió en tratar de ser más y más parecido a las naciones no creyentes que los rodeaban. Los creyentes del Nuevo Testamento poseen un mandato similar de vivir en una manera que cause que los no creyentes  pregunten la razón de la esperanza por la cual viven los creyentes (1 Ped. 3:15) Ningún otro pueblo debiera vivir la vida en la forma en que ellos lo hacen.

¿Cómo deberían los creyentes manifestar el aspecto incompatible de la santidad? Ellos deberían evitar y detestar el pecado. Su comportamiento debería mostrar el carácter de Dios en lugar del [carácter] de la humanidad caída.  Demarest recomienda cuatro medios para vencer el pecado y crecer en semejanza a Cristo: (1) Identificar la parte de Dios y la del cristiano en la santificación,  (2) ser lleno del Espíritu, (3) cultivar el fruto del Espíritu y (4) imitar a Cristo. Eugene Merrill habla de los efectos de la santificación del creyente en los siguientes términos, “Cuando la santidad de Dios es reconocida y mostrada tiene el efecto de silenciar las demandas orgullosas de los hombres arrogantes y rebeldes”.  Eso es lo que ocurre cuando los creyentes viven una vida santa.

Poniendo en orden los estratos de santificación

Los creyentes deben tener cuidado de esgrimir referencias bíblicas a la santificación inicial como si fueran textos referidos a la santificación progresiva. A primera vista Efe. 5:26 (“para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra”) puede referirse a la Palabra de Dios como el agente santificador para la Iglesia. Sin embargo, un examen cuidadoso del texto demuestra que la Palabra de Dios lava a la iglesia en salvación y la prepara para su santificación posicional. Este texto de efesios contiene, dentro del mismo, los debates que plagan el tema referente a la diferencia entre justificación y santificación. Tres cláusulas de propósito (cada una introducida por la palabra (ina, hina) siguen a la declaración de que Cristo amó y se dio así mismo en favor de la iglesia (v. 25). El texto identifica los tres propósitos como: (1) Lavar la iglesia por la Palabra (v. 26); (2) presentarse la iglesia a sí mismo (v. 27a) y (3) a fin de que la iglesia pueda ser santa y sin mancha (v. 27b). Gramaticalmente “la palabra” se relaciona con el “lavado”, que, a su vez, se relaciona con “limpiado”. Hoehner hace la observación de que “limpieza tiene que ver con el aspecto negativo, aquel de ser limpiado del envilecimiento del pecado, mientras que la santificación es el aspecto positivo, aquel de ser puesto aparte para Dios. Ambas son dos lados de la misma moneda”. De tal manera Efe. 5:26 se refiere a la santificación posicional “que sirve como el fundamento para” la santificación progresiva.

¿A qué se refiere “la palabra” en éste texto? Sólo una vez de los ocho usos que hace Pablo (hrema) significa otra cosa que no sean palabras, o de Dios o de Cristo. Hoehner argumenta que aquí se refiere a “la palabra predicada del amor de Cristo por la iglesia”. Aunque el apóstol obviamente habla acerca de una santidad final, para la iglesia, en el futuro “la aplicación para la iglesia actual no es menos apropiada, aunque en el futuro la santificación será completa, pero el proceso está en marcha. La santidad de vida para los creyentes es encarecida (4:17-32)”.

La Primera Epístola de Pedro 1:2 (“según el previo conocimiento de Dios Padre, por la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre: que la gracia y la paz os sean multiplicadas”, LBLA) contiene una referencia directa a la santificación inicial. Sin embargo, en el siguiente contexto, Pedro aclara que ésta santificación debe ser expresada o demostrada exteriormente: “sino que así como Aquél que os llamó es santo, así también sed vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (vv. 15-16; ver Fil.2:12-13).

Conclusión

Al ser invitados a participar en una forma de vida que pertenecía a los días previos a la salvación, los creyentes necesitan responder “Lamento no poder asistir porque recientemente morí”. Ellos murieron en Cristo. Ahora su vida es de El y no de ellos.

La posición que uno ocupe depende de donde uno se siente. Nosotros estamos sentados con Cristo en los [lugares]  celestiales (Efe. 2:6). Por ejemplo, cuando el presidente de los Estados Unidos tiene que dar su discurso sobre el estado de la Unión, los Republicanos se sientan a un lado y los Demócratas en el otro. Ellos se sientan en donde está la posición que políticamente ocupan. La posición del creyente consiste en la santidad de Cristo. Por consiguiente, el debe caminar en esa santidad y ser transformado, por niveles, a Su imagen gloriosa. La santificación es obra del Dios Triuno (especialmente del Espíritu Santo), la Palabra de Dios y el creyente. Los creyentes deben manifestar la santidad de Dios en todas las áreas de la vida y deben crecer en esa santidad desde el momento de la salvación hasta el día en que tengan que partir de éste mundo.

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“Todas las citas bíblicas, a menos que se indique lo contrario, han sido tomadas de la Biblia de las Américas (LBLA). Copyright © 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation. Usadas con permiso”.

Notes:

  1. Ver Eugene H. Merrill, Dominio Eterno: Una Teología del Antiguo Testamento, Nashville: Edit. B & H, 2006) 56: “Por santo se quiere decir, al menos, dos cosas: (1) que Dios está separado de todo lo demás que existe…y (2) que su santidad es traducida en perfección ética y moral.
  2. C.E.B. Cranfield. Un Comentario Crítico y Exegético sobre la Epístola a los Romanos, 2 vols., ICC (Londres: T & T Clark, 2004) 2:757. Schreiner refuta el punto de vista de Cranfield de que Pablo asiste a Cristo (“El sacrificio ofrecido a Dios por Cristo”, 2:757) presentando tres razones por las que el texto coloca a Pablo desempeñando la función sacerdotal (Thomas R. Schreiner, Romanos. Comentario Exegético Baker sobre el Nuevo Testamento [Grand Rapids: Baker para Académicos, 1998] 766).
  3. La palabra griega para ( “ocuparse” en Filipenses 2:12 es katergazomai). En Romanos 1:27 el deseo interno, antinatural resulta en actos indecentes de homosexualidad, y en 7:8 la ley causa que la naturaleza pecaminosa se manifieste a sí misma en forma de codicia. De la misma manera, la ausencia de bien interno resulta en la ausencia de una obra exterior de bien en la vida (7:18).
  4. Moisés Silva, “Santificación”, en Enciclopedia Baker de la Biblia, ed. por Walter A. Elwell y Barry J. Beitzel (Grand Rapids: Baker, 1988) 2:1900. Ver también, Anthony A. Hoekema, “La Perspectiva Reformada”, en Cinco Perspectivas de la Santificación, por Melvin E. Dieter et al., Contrapuntos (Grand Rapids: Zondervan, 1987) 85-86. “Llegamos a la conclusión de que la vida cristiana debe ser una vida formada por la ley…Por lo tanto, la ley es uno de los medios más importantes por medio de la cual Dios nos santifica (ibid. 88).
  5. John F. Walvoord, “Respuesta a Hoekema”, en Cinco Perspectivas de la Santificación 101: “En general, todos pueden estar de acuerdo en que los cristianos están bajo la ley moral, como está claramente indicado en el Nuevo Testamento. Aunque la ley moral condena, también demuestra la santidad de Dios y provee una norma para la vida cristiana”. Sobre la falacia de dividir la ley en moral, civil y ceremonial, veáse William D. Barrick “El Pacto Mosaico”, MSJ 10/2 (Otoño 1999) 230-32.
  6. Ludwig Koehler y Walter Baumgartner, eds., Léxico Hebreo y Arameo del Antiguo Testamento, 2 vols., revis. por Walter Baumgartner y Johann Jakob Stamm, trad. y ed. por M.E.J. Richardson (Leiden; Los Países Bajos: E.J. Brill, 2000) 2:1003. El hebreo bíblico posee una cantidad de verbos estativos con implicaciones causativas en Qal: “vestido” o “ponte ropa” (Salmo 93:1);  “fuerte” o “fortalecer” (2 Crón. 28:20);  “secar” (Oseas 13:15). Aun los fientivos en Qal pueden ser causativos:  “destruir”; “causar dolor, herir”

Ver. Bruce Demarest, La Cruz y la Salvación, Fundamentos de Teología Evangélica (Wheaton, Ill.: Crossway, 1997) 424-29. Demarest resume el involucramiento de los santos del  siguiente modo: “La Santificación es una empresa cooperativa; el Espíritu bendice a los creyentes con la gracia santificadora, sin embargo estos últimos deben cooperar fielmente con el primero. La fe sola justifica, pero la fe en unión con nuestros esfuerzos concertados santifica” (425).

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